Villiers Terrace

Seré sincero: en realidad me la suda que sea el acontecimiento del año. Me la suda que sea la primera y posiblemente la última vez que aquel tipo este en nuestro país. Y desde luego me la suda todo el revuelo que ha causado en la prensa. Únicamente voy a ese concierto porque no podría dejar de ir a la inauguración de un sitio que se llama Villiers Terrace. Por lo tanto no soy uno de esos que tirará bragas al escenario gritando el nombre de ese John Nosequé.

Borja y yo pedimos una cerveza y miramos al escenario con escepticismo. Corcho se acerca a comprobar el equipo que gasta aquel tío. May está en primera fila, visiblemente emocionada. La miro deseando profundamente que se contenga. Espero que no moje las bragas antes de tirarselas a aquel cabrón.

John Nosequé sube al escenario. Se apagan las luces y se arma un pequeño revuelo.

Es bueno. Mejor de lo que pensaba. Después de un par de canciones estoy disfrutando del concierto con mis calzoncillos en la mano. Ya me da igual lo capullo que es ese tío. Me dan igual sus pintas de niño rico y su prepotencia. Es jodidamente bueno.

Termina el concierto y baja del escenario mientras su banda toca las últimas notas. La gente grita y pide un bis, pero no vuelve a subir.

Hay un grupo de periodistas esperándolo en el backstage. Quieren provocarlo, conscientes de que su proverbial mala hostia les puede dar un buen titular. El pasa por delante de todos ellos sin hacerles ni caso. Uno de ellos,  le grita:

-Eh John, no seas gilipollas. No eres tan especial. Todos vamos al baño, ¿sabes?

John se para, se gira y le mira fijamente a los ojos.

-Efectivamente, todos cagamos- le dice- Lo que no hacemos todos es lo que yo acabo de hacer allí encima del escenario. A nadie le piden un bis despues de cagar.

Se gira da un par de pasos, y se para de nuevo.

-Además, mi mierda seguro que huele mejor que la tuya.

Yo estoy cerca de los periodistas y presencio esta escena. Me siento un poco ofendido por la espectacularidad de la respuesta. Me lo tomo como un reto. Al fin y al cabo podría haber sido yo el gilipollas que le gritó. Es más, seguro que algún día lo soy. Pero antes me aseguraré de que mi mierda, huele mucho mejor que la suya.

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See The World

El de las gafas de sol y el pendiente dice que se llama Álex. Sonríe un huevo. Es optimista lo cual le hace irritante. Odio a los optimistas. No para de hablar. Está contento. Está en el puto calabozo de comisaría y está contento. Es muy irritante. Alguien le pregunta que por qué está allí. Yo no. En realidad ni siquiera quiero saberlo. Solo quiero que se calle la puta boca. Tengo un cabreo de la hostia. Y ahí va el cabrón, a contar su puta historia…
-Estoy aquí por querer cambiar el mundo – Dice sonriendo. Lo que daría yo por cambiarle la cara de una hostia.
Según dice, él estaba en el metro haciendo a la gente feliz. Nos cuenta que es el cabecilla de una especie de organización que se dedica a hacer actos que hagan feliz a la gente. Se llama algo así como LPF, o PLS o alguna mierda así. Hacen performances, actuaciones callejeras y ese tipo de cosas. Unas horas antes estaba llevando a cabo una de sus ideas. Había impreso un montón de tarjetas con frases como: “Eres alucinante”, “Sonríe” y otras cursiladas así. Se dedicaba a ir de vagón en vagón metiendo esas tarjetas en los bolsillos de las chaquetas de la gente. Había visto una chica con aspecto triste y estaba deseando darle una de sus dichosas tarjetitas, pero quería hacerlo sin que se diera cuenta. La chica se levanta cuando llega a su parada y se pone junto a él. Entonces con disimulo, él se pone justo tras ella, abre el bolsillo de atrás de su mochila y… y el segurata que tiene justo detrás de él desde hace un rato le pega un empujón y lo tira al suelo. Llevaba un rato siguiéndolo. Es bastante sospechoso que alguien ande de vagón en vagón metiendo la mano en bolsillos ajenos. Él trata de explicarle al gorila su situación. Pero un tipo que se dedica a dar hostias no suele creerse las historias relacionadas con mariposas y florecillas. Y encima no llevaba DNI ni nada para identificarse. Así que unos minutos después está en el calabozo. Dándonos el coñazo al otro pavo y a mí. Con la esperanza de que ese idiota se calle le pregunto al otro tipo, Carlos creo recordar, que por qué está allí.
-Estoy aquí por querer cambiar el mundo- Dice apesadumbrado. Y parece creerlo realmente.
Al fijar mis ojos en él veo que tiene algunas marcas de golpes. Sangra un poco por el labio. Sus palabras confirman lo que pensaba. Ese tipo viene de la manifestación. Nos cuenta que él ni siquiera es estudiante. Dice que lleva años esperando una revolución. Que lleva años viendo como las injusticias se suceden y nadie hace nada. Se pregunta hasta donde puede tragar mierda la gente sin levantarse y gritar. Dice que hace años que dejó de creer en las ideologías políticas. Él ya solo cree en la gente. Y siempre había sabido que habría una línea que traspasarían y haría que la gente finalmente se moviera. Los abundantes casos de corrupción, el derroche de dinero, el desprecio que nos mostraban eran la pólvora. Los recortes en educación, la llama. Él estaba dispuesto. Fue a mostrar su apoyo en las manifestaciones. Y fue al que más golpes le cayeron. Le dolió más por dentro que por fuera. Estar ahí y ver como aquellos hijos de puta estaban dispuestos a golpear estudiantes era algo inconcebible para él. Dice que en realidad la batalla ya estaba perdida. Él no peleaba por una única causa. Peleaba por el concepto de justicia. Se le ve realmente mal. Dice que no merece la pena. Ha visto como se tergiversa todo. Dice que tira la toalla. Me mira triste y me pregunta que por qué estoy allí.
-Estoy aquí por intentar cambiar el mundo- Digo irónico.
Y comienzo a contarles lo aburrido que estaba ese día. Se había suspendido el ensayo del grupo. Un domingo sin ensayo es como un jardín sin… como un árbol sin… como una puta mierda. Así que cojo mi guitarra y mi amplificador y me voy a tocar a la calle. Practico un poco y tal vez me saque algo de pasta. Al principio no me tiran muchas monedas. Algunos céntimos y poco más. Pero la gente se acumula a mi alrededor. Y siempre me ha preocupado más mi ego que mi bolsillo. Así que sigo en ello. Y entonces llega ese poli de mierda. Me dice que tocar en la calle es ilegal. Le digo que no estoy molestando a nadie. Me dice que la ley es la Ley. Le digo que las leyes están para garantizar unos derechos que en ningún caso se están viendo afectados y que… No me deja acabar. Desenchufa el cable de mi guitarra. Enfatizaré eso último. Ese hijo de la gran puta desenchufa el jack de mi guitarra. Y no me deja más remedio que darle un puñetazo en la cara. Nadie que no sea yo desenchufa mi guitarra. Es mi única regla. Y nadie había tenido cojones de desafiarla hasta ese momento.
Después de mi historia todos guardamos silencio. Pensamos en todo lo que nos separa. En lo poco que respetamos la forma del otro de expresarse, de intentar cambiar las cosas.
Al día siguiente todos salimos de allí con una cuantiosa multa bajo el brazo.
Me dirijo a casa, necesito una ducha y descansar. Pero no puedo dejar de pensar en mi noche en el calabozo. No tengo ni idea de por qué lo hago. Era un tema que me daba completamente igual. Y sin embargo allí voy. A la puta manifestación. Me acaban de dar la multa y ahí voy, a que me den otra envuelta en golpes. Pero sé que tengo que ir. Me mezclo entre la gente. Grito algunas de sus consignas. Sus pasos me llevan frente a la diputación, en la calle Colón. Allí esperan los antidisturbios con sus cascos y sus porras. Nos sentamos frente a ellos. Al sentarme noto que algo se clava en mi estómago. Algo ligeramente puntiagudo que tengo en el bolsillo. Introduzco mi mano en el bolsillo y confuso extraigo una pequeña tarjeta de su interior.
“Sonríe”
Y lo hago.

 

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Make My Mind

Un amigo me contó una vez que andando por Los Ángeles se cruzó con Alice Cooper. Debería haber empezado por el hecho de que mi amigo es uno de esos heavies de la vieja escuela; de los de pantalón pitillo con deportivas, chaleco vaquero y olor acre a sudor y cerveza. El cabrón se lanzó sobre su ídolo como si de un viejo amigo se tratara. Lo abrazó y lo besó en la frente. Alice había estado presente durante toda su vida, en los momentos fundamentales. Para él era uno más de su familia. Obviamente Alice Cooper no sé tomó muy bien el exceso de cariño de mi amigo. Aún hoy, en todas las fiestas, mi amigo muestra con orgullo el hueco que causó en su dentadura el puñetazo que recibió.

Supongo que en mayor o menor medida todos tenemos un familiar violento que no nos conoce de nada. Quizás es por eso por lo que me derrumbé de rodillas y lloré como una niña cuando Borja me llamó para decirme que Mark Lanegan había muerto. El puto Mark Lanegan; el cantante de “Screaming Trees” el grupo que marcó mi vida. Cuando era joven y me ahostiaban en el colegio soñaba que algún día aparecería el cabrón alcohólico de Mark y apagaría cigarrillos en los ojos de los mamones que me atormentaban. Aquel tipo con aspecto peligroso, me obligó a crecer junto a él. Fue el causante de que me interesara en el blues. Y fué una de mis grandes influencias cuando por fin conseguí montar un grupo y componer. Recuerdo que “Witness” y “All I Know” fueron de las primeras canciones que versionamos. Mis compañeros de grupo estaban igual de jodidos que yo por su muerte. Decidimos reunirnos todos en el local y homenajear su memoria; no sin antes bañarnos en alcohol y tabaco para ser capaces de llorar unos frente a otros sin avergonzarnos.

Tocamos con furia, con odio. María se destrozó la puta garganta gritando eso de “All that I know, shoulda been; coulda been, mine”

Cuando dejamos de tocar nadie quería irse a casa. Estábamos demasiado enfadados, demasiado borrachos, demasiado heridos. Reunimos más alcohol y comenzamos a andar, todos juntos, alejándonos del local. Nos alejamos de la zona urbana y nos internamos entre los árboles. Aquello hubiese sido bonito, poético, de no ser por aquel jodido frío que nos obligaba a temblar. Seguimos bebiendo tratando de entrar en calor. Pasamos el resto de la noche allí, cantando y gritando entre los árboles.  De madrugada, volvimos a casa intentando consolarnos con el hecho de que al menos aún nos quedaba Eddie Vedder.

Borja me despertó sobre las cuatro de la tarde. Parecía estar de buen humor. Y entonces me dijo, que Mark Lanegan seguía vivo. Todo fué una estúpida confusión de un periodista. Reímos durante un rato y después colgó. Me sentí parcialmente aliviado. Y sin embargo seguía teniendo un estúpido sentimiento de pérdida dentro de mí. Totalmente injustificado. Pero por mucho que lo razono y trato de hacerlo desaparecer sigue habiendo un pequeño vacío, como si no estuviese dispuesto a pasar por aquello de nuevo.

Ha pasado bastante tiempo ya desde que esperaba que Mark Lanegan apareciese con esa mirada que inspiraba terror para joder vivos a aquellos cabrones que me atormentaban. Pero decido que este es el momento de salir, comprar un paquete de cigarrillos ir a los supermercados y gasolineras donde aquellos cabrones trabajan, mirarles fijamente a los ojos y…

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Sunday Morning Is Everyday For All I Care

Veo amanecer desde el asiento trasero del coche de Borja. No es en absoluto nada romántico. Volvemos de una noche de fiesta moderada en diversión pero excesiva en cuanto al consumo de alcohol. Allí detrás se percibe un fuerte olor a vómito. Probablemente sea mio, pero en ese momento no soy capaz de recordarlo. En el asiento de copiloto, May busca un CD apropiado para la ocasión. Prueba todos los CDs en blanco que encuentra en la guantera. Finalmente, deja un CD en el que un hombre con una profunda y aterradora voz narra cuentos infantiles. Al parecer es un CD del hermano pequeño de Borja, y a éste le hizo gracia llevárselo de fiesta.

Mi cabeza repiquetea contra el cristal una y otra vez variando el impacto según la velocidad a la que Borja toma las curvas. El lo percibe y se divierte comprobando la resistencia de mi occipital. Yo estoy completamente absorto escuchando la historia de los tres cerditos.

En mi lúcida mente de borracho, ese cuento es la perfecta explicación sobre lo que somos. En esta metáfora, nosotros seríamos el lobo, y vosotros los cerdos. Intentamos con todas nuestras fuerzas llegar a vosotros y vulnerar vuestra seguridad, pervertiros. Somos los malos en toda la amplitud del término. Pero estamos soplando frente a un muro de ladrillo. Un muro completamente infranqueable. En ocasiones algunos cerditos raspan con sus pezuñas el cemento, sabiendo que necesitan una dentellada en sus partes más blandas. Posiblemente nunca traspasemos ese muro. Posiblemente muramos de inanición justo al otro lado de donde vosotros os encontrais. Pero desde luego, moriremos soplando como unos auténticos cabrones testarudos.

 

Sois unos cerdos… ufff… ufff meh si si, y uff cerdos…” 

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Music When The Lights Go Out

May y yo nos miramos mientras Borja golpea las baquetas. Corcho se recoloca las gafas de sol en un rápido movimiento y balancea el mástil de su bajo. Estamos a punto de empezar nuestro concierto en la plaza de toros de Valencia. Y la plaza está prácticamente vacía. Desde allí arriba nos es difícil obviar el penetrante olor a estiércol. Pero nos importa poco lo que no podemos controlar. Todo se concentra ahora en nuestras manos y gargantas. Lo que ocurre fuera de allí no nos atañe. Ha sido un largo camino el que hemos tenido que recorrer para llegar hasta ese escenario y nada nos impedirá dar lo mejor de nosotros una vez allí arriba.

Creo que estamos tocando la segunda canción cuando la veo. Entre el público con una extraña camiseta de John Belushi. Ella. La chica de mis sueños. He hablado antes de ella, es preciosa, es rara y es de las pocas personas en la plaza que nos están prestando atención. El resto incluso se apoya contra la baranda de seguridad dándonos la espalda. Pero ella no. Incluso parece que cante nuestras canciones. Por un momento me da la sensación de que me ha sonreído. Es suficiente como para que pierda la concentración y me equivoque en un par de acordes. May me mira extrañada y yo me recupero y consigo volver a la canción a tiempo para el estribillo. Durante el resto de la actuación no soy capaz de abrir los ojos, lo cual hace que la experiencia sea extrañamente intensa. Nada más terminar de tocar, salgo de allí todo lo deprisa que puedo, dispuesto a guardar la guitarra y buscar a aquella chica entre el público. Sin embargo, en la media hora que tardo en guardar mi instrumento y beber un par de cervezas para armarme de valor la plaza se llena por completo.  El dj de turno ha conseguido reunir a su parroquia mucho mejor que nosotros. Intento encontrarla entre la muchedumbre pero es imposible. Me doy por vencido y vuelvo con mis compañeros y con nuestro whiskey.

Llego a casa de madrugada, borracho, helado y muerto de sueño. Me dejo caer en la cama y pienso en ella antes de dormirme. ¿Porqué nuestros encuentros siempre son casuales? Me gustaría tener alguna vez la oportunidad de controlar uno de esos encuentros. Pienso en cómo sería. Y curiosamente, lo único que parece importante en mi cabeza es la música que debería sonar de fondo. Algo de Peter Gabriel al principio, luego algo de Eels. Tiene que estar Jeff Buckley sin duda alguna. Tears For Fears, Curtis Mayfield quizás, suavizar con The Temper Trap. Sin darme cuenta voy elaborando el playlist perfecto en mi cabeza, con las canciones indicadas para cada momento. Me levanto emocionado de la cama y me paso horas buceando en las carpetas de mi ordenador hasta que consigo elaborar mi compilación. Se compone de tres CD.  De los tres el último es mi favorito. Se titula Music When The Lights Go Out. Mientras suena la última canción, la que da título al disco (de los Libertines) me duermo apoyando la cabeza sobre la mesa del escritorio. La música sigue sonando durante toda la noche mientras yo; en sueños; estoy teniendo el mejor sexo que jamás nadie haya tenido.

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We, All, Anybody

Lo único que pretendíamos era tocar. No únicamente para llamar la atención, o follar; ni siquiera por expresarnos. Sólo porque es lo que somos. Cada concierto es un examen. Un examen valorado por nosotros mismos, y el resto de gente presente. Debe ser así.  Y nos encanta.

El único problema es que al parecer, nosotros no podemos “ser”. Después de tres conciertos cancelados por diferentes motivos uno no puede dejar de hacerse preguntas. Hemos perdido toda la credibilidad que teníamos publicitando conciertos que se cancelan a última hora. Hemos hecho que la gente que nos seguía desde un principio se gastara la pasta en entradas que no valen nada. Y no paramos de pensar en cómo cojones podemos contrarrestar todo esto; en hacer cualquier cosa para compensar a todos los que hemos jodido, nosotros incluidos. No hay respuesta. No la hay porque en el fondo, no le importamos a casi nadie. Cosa que jamás me ha preocupado. Nunca hicimos nada para contentar a nadie que no fuéramos nosotros mismos. Ahora estamos frente a la evidencia de que un concierto se compone de nosotros + público.

Quizás haya llegado el momento en el que él que escribe estas líneas deba rendirse. Tres decepciones son jodidas, pero lo son más aún cuando no puedes hacer nada contra ellas y además eres blanco de todas las críticas, porque al fin y al cabo, somos nosotros los que ponemos la cara, y es a nosotros a quien se la parten.

No estoy seguro de si yo personalmente tengo los cojones suficientes para superar esta mierda. Tal vez deba dedicarme a hacer música únicamente para mí. En cualquier caso, si de algo estoy seguro es de que ha llegado el momento de entonar un sonoro ¡QUE OS JODAN! al viento para que sea recogido por cuanta más gente mejor.

Creo que ya estoy un poco más tranquilo. Pero en serio, que os jodan.

 

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Shiver

Miré el reloj con detenimiento. No podía creerlo, pero llevaba exactamente una hora y media dando vueltas intentando averiguar el lugar donde había aparcado mi coche. Eran las cinco y media de la mañana y me estaba volviendo peligrosamente sobrio. Decidí volver a casa en taxi y preocuparme al día siguiente. Recordé que mi cartera estaba en la guantera, así que no llevaba nada de dinero encima. Aquella noche estaba poniendo en práctica aquella frase que dijo el sabio: “Si llevas dinero encima, no te invitarán. Dale una oportunidad a la suerte.” Yo, dándole una oportunidad a la suerte. Bueno pues ahí estaba, llamando a mi puerta. Ahora tenía que volver andando a casa con la sensación de habérmelo ganado a pulso.

Atravesé un par de calles intentando recorrer el camino más corto. Me movía por las afueras, por estrechos callejones. Me paré de repente, al ver un extraño objeto junto a un contenedor. Me acerqué poco a poco. Era la funda de una guitarra, negra, con un montón de inscripciones ininteligibles sobre ella. Comprobé que efectivamente, la funda contenía una guitarra en su interior. Una bonita guitarra que parecía construida especialmente para alguien. No había rastro de marca alguna en el mástil. Me moría por tocar aquella preciosidad. Pero lo primero que tenía que hacer era sacarla de allí. Aquel no era lugar para algo tan jodidamente bello.

Me cargué la funda a la espalda  y anduve buscando el sitio adecuado para tocar. Me alejé del núcleo urbano cuanto pude y finalmente encontré un sitio que me pareció lo suficientemente digno. Con mucha parsimonia y teatralidad, abrí de nuevo la funda y observé la guitarra. Joder, que bonita era. Y que bien sonaba. Si dios tuviese guitarra seguramente la vendería para comprarme esa.

Comencé a tocar dejando que fuese ella la que me llevara. Empezó siendo algo parecido a un baile. Ella marcaba la melodía y yo el ritmo. A los pocos minutos aquella guitarra y yo estábamos haciendo el amor. Era una chica fácil. De las que hacen disfrutar a cualquiera. Pero poco me importaba ya. Estábamos en éxtasis. Sacando lo mejor de nosotros mismos. Nos corrimos juntos. Como en aquella puta canción de los Beatles. Seguro que esa guarra se lo hizo a George de la misma forma que acababa de hacérmelo a mí.

Compusimos juntos una increíble canción. Ella podía haber sacado decenas, pero yo estaba exhausto. Me temblaban las piernas al pensar en nuestra obra. Saqué un cigarrillo y fumé mientras meditaba.

No era casual que aquella guitarra estuviese junto a aquel contenedor. Estaba allí porque esa guitarra necesitaba esos momentos constantemente. Necesitaba más de lo que un único músico pudiera darle. Necesitaba ser tocada una y otra vez por manos diferentes; hacer que muchos artistas tocaran el cielo como yo acababa de hacer. Así que lo que yo debía hacer en ese momento, era atesorar ese momento, guardar esa canción en lo más profundo de mi ser sin olvidarla jamás; y propiciar que aquel trozo de madera del que me acababa de enamorar siguiera viajando.

Abracé la guitarra y busqué un sitio donde abandonarla. Pero justo cuando estaba a punto de dejarla, me sobrevino un ataque de celos. Maldita sea, no podía permitir que fuese tocada por cualquier cabrón ignorante. Tenía que quedármela. Pero sabía que no podía hacer eso. Así que la sostuve fuertemente en mis manos durante un instante y después golpeé el suelo violentamente con ella haciéndola saltar en trozos. Me arrepentí en el mismo momento en el que lo hice. Tenía ganas de llorar. Respiré hondo y me tranquilicé. Al fin y al cabo, solo era una guitarra.

Decidí que la canción que nació aquella noche sería únicamente para mí.

Al emprender de nuevo mi camino a casa, una grúa pasó junto a mí arrastrando mi coche tras ella.

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